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Cristóbal del Rosario

 

 

 

La serie de pódcast “Médicos que dejan huella” recoge en su episodio 19 la última entrevista que concedió en vida el recordado dermatólogo Cristóbal del Rosario, un testimonio inédito sobre una vida dedicada a sus pacientes, a la lepra y a la cooperación médica en el Sáhara.

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1949, Cristóbal del Rosario evocaba en esta conversación sus raíces en el barrio del Gurugú, aquel arenal que se extendía hacia la Base Naval y que para él siempre tuvo identidad propia, aunque hoy casi no se nombre. Hijo de comerciantes —sus padres regentaron una tienda de ropa en la zona del Puerto—, creció entre la calle La Naval, el Castillo de La Luz y la calle Cirilo Moreno, en un entorno humilde donde la idea de ir a la universidad parecía lejana hasta que algún vecino, ya estudiante de Medicina, sembró en él la semilla de la vocación.
 
Estudió Medicina en Salamanca, en la ciudad universitaria de los años sesenta, con la determinación de terminar la carrera en seis años, sin prórrogas. Durante mucho tiempo pensó en ser pediatra, pero en el último curso se cruzó en su vida un libro que lo cambió todo: el tratado de Dermatología de Antonio García Pérez. El capítulo dedicado a la lepra, escrito casi como una novela, le atrapó para siempre. Aquella manera de explicar la enfermedad desde la historia, la microbiología y la dimensión social le llevó a dejar atrás la pediatría y entregarse a la Dermatología con una mezcla de pasión y exigencia.

Su compromiso con la lepra se forjó muy pronto. De regreso a Gran Canaria, comenzó a trabajar en el Hospital Dermatológico, donde se ocupó de los últimos enfermos de lepra del Archipiélago. Desde allí impulsó un enfoque profundamente humano y moderno de la enfermedad: abrió simbólicamente la puerta del centro, hasta entonces cerrada, para acercarlo a la ciudadanía y combatir el estigma que pesaba sobre los pacientes. Recordaba cómo la lepra, ligada a la pobreza, al hacinamiento y a determinadas condiciones genéticas, era mucho más que una infección: era una herida social. Tras años de trabajo y altas sucesivas, en torno a 1999–2000 defendió que podía darse por erradicada en Canarias, siempre con la prudencia de quien sabía que estos bacilos pueden permanecer “dormidos” durante décadas.

En paralelo, construyó una consulta privada que acabaría siendo un referente en la isla. Empezó con un pequeño local y fue creciendo hasta consolidar un centro dermatológico de prestigio, primero en La Isleta y más tarde en Mesa y López, rodeado de un equipo de profesionales al que siempre atribuyó buena parte del mérito. Calculaba que, a lo largo de su trayectoria, pudieron pasar por sus manos unas 200.000 personas, procedentes no solo de Gran Canaria, sino también de África y otros lugares, siempre con la idea de ofrecer una dermatología rigurosa y cercana.

Puedes escuchar la ENTREVISTA COMPLETA en versión pódcast AUDIO, pulsa el icono de tu plataforma preferida:

Su mirada iba más allá de la consulta. Cristóbal del Rosario fue un cooperante comprometido con el Sáhara y con África occidental. A finales de los años noventa participó en misiones dermatológicas en los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, a los que llegó tras atravesar el desierto por tierra junto a equipos de médicos, enfermeras y personal de apoyo. Allí atendió a una población en crecimiento constante y conoció de primera mano la dureza de vivir en un entorno con recursos mínimos, pero también la hospitalidad, la serenidad y el sentido de comunidad de quienes lo recibían. Aquellas experiencias se repitieron después en Mauritania y Mali, viajes que marcaron su visión del mundo y de la medicina.

Su implicación con la vida civil de la ciudad también fue intensa. Participó en plataformas sociales y culturales vinculadas a La Isleta, El Confital y distintos ámbitos ciudadanos, estuvo muy ligado al deporte —con presencia en entidades como el Real Club Náutico o la Unión Deportiva Las Palmas— y formó parte de la Junta Directiva del Colegio de Médicos de Las Palmas como vicepresidente durante varios años, en una etapa compleja con cambios legislativos, la irrupción del sida y un intenso debate sanitario. Siempre defendió equipos plurales, donde cupieran sensibilidades diversas, y recordó con insistencia que ese trabajo en la corporación colegial era voluntario, por amor a la profesión.

En la entrevista aflora también su faceta más humanista. Amante de la lectura y de la poesía, escribía versos “en servilletas”, como un pasatiempo heredado de aquellos “paisajes gramaticales” de su maestro García Pérez. Hablaba con ternura de su hijo médico, microbiólogo, cuya carrera dejó fluir sin presiones ni favoritismos, convencido de que el mérito debía ganarse por sí mismo. Y reflexionaba sobre epidemias como el sida, el miedo al contagio y la importancia de la información veraz para proteger tanto a los pacientes como a la sociedad.

Quizá el momento más emocionante del relato llega cuando recuerda la llegada de la democracia a España. Contaba cómo, en las primeras elecciones, los partidos acudían al hospital con sobres cerrados para que los ingresados votaran sin apenas entender que su país estaba cambiando. Decidió que aquello no volvería a repetirse: organizó guaguas, acompañó personalmente a sus pacientes al colegio electoral y les permitió votar en libertad, en cabina, como cualquier ciudadano. Años después seguía considerando aquel gesto como el instante más importante de su vida profesional: ver a hombres y mujeres, tantas veces marginados, ejercer por primera vez su derecho a decidir.

Este episodio 19 de “Médicos que dejan huella” es, por tanto, mucho más que un recorrido biográfico. Es el testimonio sereno y lúcido de un médico que dedicó su vida a cuidar la piel y la dignidad de las personas, a combatir el estigma de la lepra, a tender puentes con el Sáhara y a implicarse con su ciudad y su profesión. Grabada pocas semanas antes de su fallecimiento y difundida ahora por primera vez, esta conversación es también un homenaje a su familia y a todas las personas que lo quisieron y lo admiraron en Gran Canaria.

Médicos que dejan huella